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La frontera: un ideal de mierda

Todos los pueblos son únicos, todos los nacionalistas son iguales

Veo la bandera de Kosovo y lo que se ve es un mapa.  Es decir: el sentido de su existencia, su ideal,  es una linde territorial, una frontera.  

Ante ello, las reacciones que escucho, las nuestras como partido y las de nuestros representantes políticos  se quedan, para mi,  muy cortas.  Decir que  lo de Kosovo es contrario a la legalidad internacional es como decir que con otro “reglamento”, tal vez, ese gol sería válido. Decir que abre la posibilidad a una cascada de secesiones es, digamos, un argumento “práctico”. 
Mi posición es más radical. La suposición nacionalista, de todos los nacionalismos, es siempre la misma: existe un “pueblo” al que pertenece “una tierra” sobre la que debería haber “un estado”.   Como esos 3 conjuntos nunca coinciden, se fuerza su coherencia con mentiras: mentiras étnicas, mentiras históricas.
Para hacerlos coincidir es necesario un “pueblo” uniforme. Entonces comienza el  proceso de señalar a algunos como extranjeros en su propia tierra y la limpieza étnica: se intenta expulsarlos o someterlos  con distintas combinaciones de acoso cultural, social y de violencia.
Al mismo tiempo  se diseñan fronteras siempre imposibles y comienza un conflicto interminable para liberar los “territorios ocupados”. Y no estoy hablando de Kosovo.
Cuando el hidalgo vizcaíno Juan de Garay fundó la ciudad de Buenos Aires en 1580 y nombró primer alcalde a Rodrigo Ortiz de Zárate, este denominó a esa región “Nueva Vizcaya”. El reclamo para atraer pobladores  fueron esos prados infinitos que se repartieron generosamente entre los nuevos colonos. Muchos de ellos vizcaínos, que no fueron allí obligados por la perfidia española (como se enseña  hoy en las ikastolas), sino porque con el sistema ancestral vasco, solo heredan los primogénitos. 
A veces, en mis vistas a Buenos Aires, practico un experimento: intento cruzar la ciudad pisando sólo calles con nombres vascos, y se puede: por Azcuénaga, Larrea; Uriburu, Urquiza, Alberdi, Irigoyen, Anchorena… La pampa es vasca, sin duda. 
Pero que no se preocupe el lehendakari: los indios ranqueles, los tehuelches, los pampas o los araucanos no vendrán a Gasteiz  a exigir sus justas reivindicaciones, ya no existen… pero eso es historia. Y así como los vascos se fueron a buscar las tierras que no tenían, los extremeños y los gallegos y los andaluces vinieron a Euskadi a buscar el trabajo que no había.

La pretensión nacionalista (de todos los nacionalismos) de que la patria es un tiesto donde crece el pueblo y los demás somos malas hierbas es, simplemente, la estupidez de negar que la historia de la humanidad es la historia de las migraciones. 

Desde que Lucy se puso de pie en África hace un millón de años, para buscar alimento, huir de la persecución o lo que fuera, no hemos dejado de crecer y multiplicarnos y poblar la tierra. 

El único combustible emocional que alimenta  a los nacionalistas es el odio al diferente. El arte de todos los políticos nacionalistas es siempre el mismo: unir a los propios en contra de alguien. “Si España no existiera, habría que inventarla” podría muy bien ser una frase de Arzallus, si no fuera que alguien dijo antes algo parecido. Y en esa forma de imaginar, donde lo fundamental es definir un “adentro” y un “afuera”, la frontera es la razón de ser. Una frontera que nunca abarca lo suficiente porque, en la competición interna dentro del  nacionalismo, nunca se es suficientemente patriota. Siempre habrá quien defienda que la frontera está un poco más allá, para dejar a su enemigo interno en fuera de juego.  
Pues vaya ideal… soberanía, independencia, audoteterminación. Llamemos a las cosas por su nombre: frontera y sometimiento de los diferentes.
ppp
David Frydman

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